Bogotá D.C., dic. 30 de 2010 - Agencia de Noticias UN- Las afinidades culturales y la necesidad común de salir adelante son motivos que pueden fortalecer la insípida unidad latinoamericana.
Mucho se ha dicho y hecho en materia de cooperación internacional tradicional, es decir, aquella por la cual un Estado con recursos e infraestructura suficientes presta asistencia en diversas áreas a un país que, de otra manera, no podría conjurar por sí solo las falencias estructurales que están siendo atendidas.
En esta lógica de la cooperación encontramos ejemplos clásicos como los actos humanitarios realizados en África para frenar la inanición, las asistencias técnicas para procurar seguridad alimentaria o las campañas internacionales de salud y prevención de enfermedades.
En otro nivel, hay ejemplos de cooperación internacional que pasan del mero asistencialismo de emergencia para concentrarse en esquemas de más largo plazo conducentes a lograr resultados estructurales. Allí encontramos programas que día a día se van haciendo más comunes, tal es el caso de las becas académicas para adelantar estudios superiores, otorgadas a personas de países en vías de desarrollo, con el fin de que posteriormente apliquen lo aprendido en pos del progreso de su país.
De igual manera, existen las agendas de cooperación científica y técnica que buscan mejorar la apropiación y generación de conocimiento en los países necesitados para remodelar y renovar todo su aparato productivo.
Es justamente en este último punto donde se está identificando el potencial latinoamericano, no solo para recibir ayuda, sino también para prodigarla, dado que el subcontinente centro y suramericano está a medio camino en la carrera del desarrollo.
Razones que lo justifican
La mayoría de los Estados latinoamericanos se encuentran en una condición por la cual no son sujeto prioritario de cooperación internacional, si se comparan con regiones como la del Medio Oriente y la mayoría del continente africano. Sin embargo, tampoco se encuentran en una posición realmente cómoda para dejar de requerir la ayuda y asistencia necesarias para solucionar los serios problemas estructurales que padecen casi todos.
No obstante y desde la mitad del siglo pasado, se han venido estableciendo en varios Estados de América Latina entidades encargadas de llevar a cabo y potenciar las oportunidades existentes en innovación, ciencia y tecnología. Estas tres variables son el factor diferencial que a niveles correctamente implementados han sacado a naciones enteras del ostracismo y/o del atraso. Ejemplos históricos y contemporáneos de ello nos los dan países como República Checa, Corea del Sur, Japón, India y China. De hecho y en el contexto de la Guerra Fría, fue el factor tecnológico potenciado a revoluciones muy altas el que le dio a Estados Unidos una supremacía estratégica y operativa sobre la URSS de entonces, la que siguió apostando por el desarrollo de industria pesada.
Pero volviendo a nuestro caso, Latinoamérica se encuentra en un punto medio en el que no solo se hace depositario de la eventual ayuda que llegue a requerir, sino que también se puede convertir en donante de esa cooperación con sus pares regionales. A eso se le llama cooperación horizontal por cuanto todos se encuentran en el mismo nivel promedio de capacidades y desarrollo.
Pero si todos los países tienen serios problemas interiores, ¿cómo pueden cooperar? La clave está en las ventajas comparativas y en las posibilidades propias de cada Estado.
De este modo, si sabemos de sobra que Chile tiene fuertes ventajas en la producción vinícola y de cobre, o si sabemos que el desarrollo científico general en Argentina es de alto nivel; si tenemos conocimiento de las técnicas especializadas en la floricultura ecuatoriana, o si nos percatamos de las grandes oportunidades existentes en biocombustibles en Brasil y Colombia, ¿no podríamos articular estrategias regionales para apropiar y generar ese conocimiento?
La diáspora latina: otra fuente de desarrollo en la cooperación
Por otra parte, la fuerza laboral latinoamericana está incrementando constantemente su nivel de especialización y experticia en diferentes áreas del saber. La investigación, las ciencias exactas, las humanidades e inclusive las ciencias políticas son los actuales sujetos de estudio de los profesionales de nuestros días, quienes muchas veces y debido a la falta de escenarios laborales en sus lugares de origen terminan emigrando o quedándose en los países de estudio para perpetuar la ya conocida fuga de cerebros.
Implementar espacios laborales en los que toda la diáspora latinoamericana empiece a actuar como generadora y apropiadora de conocimiento es a la postre una forma más de cooperación internacional de índole horizontal por cuanto son latinoamericanos trabajando por Latinoamérica.
Actualmente la región dispone de algunas plataformas sobre las cuales puede soportar un proyecto de cooperación horizontal de gran envergadura. El Proyecto de Integración Mesoamérica (antes Plan Puebla Panamá) está concebido como un escenario de cooperación para el desarrollo en varios ejes de acción que sin embargo no ha tenido el impacto que podría.
Por otra parte, las mesas políticas regionales como la OEA, el Foro de San Pablo (para quienes no les guste la OEA) e inclusive la Unasur pueden eventualmente constituirse en soportes para sortear las estrategias de integración dadas a través de acciones concretas de cooperación.
Más allá de la demagogia política contrariada que tiene a los Estados latinoamericanos sumidos en una desunión inaudita en tiempos de bloques y alianzas, lo que vale la pena ver son las capacidades subutilizadas en todos los aspectos: recursos naturales, clima, recurso humano cada vez más especializado, y escenarios de acción listos para ser explorados y explotados en pos de un desarrollo compartido y mancomunado que todos sus actores necesitan y en el que todos tomen parte activa.
(Por: Fin/ Farid Badrán Robayo, Internacionalista U. del Rosario/feb)
N° 672






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